
Anoche vimos ♥️La revolución y algo rico para el postre♥️ de Eleonor Faur y Ana Minujín. Durante una hora madre e hija ponen el cuerpo en escena para hablar de la maternidad, el cuidado (el 76% de las tareas de cuidado en el mundo las hacen las mujeres), la herencia de una enfermedad (“googleamos y ahora no sabemos qué hacer con esa información”), las relaciones de poder (como dirigir una película, criar es estar en una situación de poder y hay que cuidarse de no abusar de ese poder, algo así dice Ana). Cuentan historias de otras madres e hijas, se describen (qué difícil no adjetivar a les hijes) y se enseñan destrezas 🤸🏼. Después de los discursos de las “maternidades reales” -quejas, imperfecciones, fugas- es muy reconfortante (re)descubrir que hay lugar para las narrativas que muestran que los vínculos madres-hijes pueden ser maravillosos, lúcidos y complejos. Lloré desde que me senté hasta el final. Vayan a verla con sus madres🌈
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La maternidad es como caerse a la pileta sin saber nadar. Así explica una de las protagonistas de Años cortos, días eternos lo que significa para ella tener un hije.
La película de Silvina Estevez es una semblanza del puerperio, ese período de desconcierto y desacomodo, de felicidad y desazón, de incertidumbre y desafíos, que otra de las protagonistas describe como “en blanco y negro”.
Me llevo risas y unas lloraditas y también la emoción de saber que podemos hablar de maternidades reales también en el cine (me hubiera venido bien cuando estuve puérpera 🤣).
Siempre hay más para decir sobre la maternidad, me dijo una vez Eleonor Faur. Y Silvina Estevez y Brenda Howlin le hacen honor con picardía, intimidad y un universo maravilloso de mujeres honestas y sensibles.
