Maternar hoy

 Un decálogo (o algunas ideas sueltas sobre la maternidad de hoy).

  1. Maternar es un acto de resistencia en un mundo atravesado por la crueldad

Cada día las madres enfrentamos la crianza y las tareas de cuidado en un mundo que nos invisibiliza, que silencia nuestras demandas, que expulsa a nuestros hijos e hijas del espacio público, que carga sobre nuestras espaldas el peso de una sociedad entera. En Argentina, un millón y medio de chicos y chicas se saltean alguna comida durante el día y más de siete millones viven en la pobreza. Los discursos de odio se volvieron modos comunes de relacionarse; estallan guerras, se incendian los bosques, se inundan las ciudades. No vivimos una época fácil. Y sin embargo, ahí estamos las madres, resistiendo, poniendo la otra mejilla, el hombro, los brazos, las orejas, la paciencia infinita para construir un presente amigable, un futuro posible. 

  1. Luchar contra las pantallas (las de nuestros hijos y las propias)

No hace falta explicar demasiado: todas pasamos horas y horas frente a las pantallas de nuestros celulares. La exposición de niños y niñas a las redes sociales y a contenidos que no están pensados para ellos y ellas es una batalla diaria que conlleva riesgos emocionales y atenta contra la salud mental. ¿Podemos evitarlas? ¿Podemos ceder ante la presión social? ¿Podemos acompañar lo que miran e intentar poner palabras a las imágenes? ¿Tenemos ganas de tirarnos al piso y jugar? ¿Nos quedan horas del día? ¿Hay plazas y espacios públicos para pasear y correr? 

  1. Cómo evitar la culpa de lo imposible. Esta noche comemos salchichas.

Si hay algo a lo que estamos acostumbradas las madres es a sentir culpa. Culpa por irnos a trabajar, por dejar a niños y niñas al cuidado de otras personas, por no seguir los consejos de comida saludable, porque nacieron por cesárea, porque no pudimos amamantar, por todo lo que no podemos hacer, por querer estar un rato solas y luego extrañarlos, por no poder soltar el control, por perder el control, por enojarnos, frustrarnos, por no tener cuerpos perfectos, por no poder retomar la vida como era antes.

La maternidad no viene a completarnos ni realizarnos (nada más sano que contar el lado b, reirse, llorar, enojarse, alfojar, pedir socorro y volver a reír). Es una parte más de lo que somos, aunque por momentos parezca casi todo. 

¿Cuándo afloja la culpa? ¿Cuando crecen? Quizás cuando compartimos con otras lo que nos inquieta, angustia o conmociona. Quizás cuando encontramos historias parecidas a las nuestras. Quizás cuando tejemos redes amorosas y construimos conversación y comunidad. Que hermosa manera de hacer feminismo.

Y quizás un día cenemos salchichas ¡y hasta lo disfrutemos!

  1. Quién cuida a las que cuidan

Silvia Federici ya nos dijo que eso que llamamos amor es trabajo no remunerado. Aún cuando lo hagamos con amor. Las mujeres hacemos el 70 por ciento de las tareas domésticas: nos lleva ocho días por mes, unos 96 días por año. Y además, cobramos 27.3 por ciento menos que los varones.

Cuidar niños es una ocupación de poco reconocimiento social. Nos exige, nos agota, nos aburre, nos aísla del mundo de los adultos, nos deja encerradas en casa con el rodete, el pijama y una carga mental sin fin. 

Cuidar niños es un territorio fértil, como explica Eleonor Faur, para acentuar las desigualdades de género, en especial entre la población más vulnerable.

¿Qué pasa si cuando tenemos una amiga o conocida que acaba de ser mamá le preguntamos qué necesitas vos, qué podemos hacer por vos en este momento? ¿Qué pasa si perseguimos la empatía, la compañía, la ternura? Como dice Julieta Saulo, es fundamental alojar a las madres hoy, escucharlas, dar lugar a la palabra, crear espacios de contención y diálogo, construir redes, circular información. 

Tal vez así, algún día, habitemos un mundo en el que cuidar sea una tarea compartida por todos. 

  1. Recuperar la ternura, dar lugar a la creatividad

Si tuviera que definir la maternidad en una sola palabra, elegiría ambivalencia. Y me copiaría de Jane Lazarre y diría: “Me había convencido de que era la única madre del mundo que odiaba al niño al que amaba con una intensidad enorme”. 

O de Rachel Cusk: “Cuando la madre está con esa otra persona no es ella misma; cuando está sin esa otra persona no es ella misma; por eso es tan difícil separarse de los hijos como quedarse con ellos”. Porque la ambivalencia está en el corazón de la maternidad y es algo que no cambia, que continúa incluso cuando tus hijos son mayores. Por eso necesitamos hablar de ella mucho más.”

Quizás, al verbalizar eso que nos pasa, habilitamos el espacio para la ternura. Esa que aparece con una sonrisa de un bebé, cuando un hijo te toma de la mano, cuando te pregunta cómo te fue en el trabajo, cuando te salva de un día triste sumergiéndote en su universo de juego, inocencia y picardía. Allí, estoy convencida, reside la potencia de nuestra creatividad.

  1. Mirar cinco cuadras antes. 

Mirar cinco cuadras antes.

Pedir perdón.

Acompañar la conversación.

No dar nada por sentado, explicarlo todo.

Hacer preguntas.

Contar nuestras experiencias.

Desarmar la culpa.

Mostrarnos vulnerables.

No perder la paciencia ni la firmeza.

No son mandatos, ojalá nos los entiendan así. Un vez una conocida me contó que cuando veía una escena de berrinche o llanto desconsolado y un reto adulto a un niño o niña en la calle ella y su hermana se proponían no juzgar si no fantasear qué había pasado cinco cuadras antes: cuántos no había dicho esa mamá, cuántos riesgos evitó, cuánta paciencia perdió en el camino. 

Y entonces pienso qué importante mostrarles a los chicos y chicas que podemos des-enojarnos, que no siempre tenemos las respuestas para todo pero que caminamos con ellos de la mano. Y también cuánto impacta el modo en que se involucra el resto de una sociedad en la crianza de las infancias, las licencias compartidas, los lactarios en los lugares de trabajo, las escuelas de jornada completa.

Como decía la historiadora Yvonne Knibiehler: “La maternidad no pertenece únicamente a la vida privada, no es solamente la expresión de un deseo femenino, ni del amor de una pareja, responde a una necesidad social primordial: la renovación de las generaciones, la supervivencia del grupo”.

  1. El parto es el punto de partida, no el destino final.

Para cambiar el mundo hay que cambiar la manera de nacer. Lo dijo hace décadas el médico francés Michel Odent. En Argentina tenemos legislación y tenemos información pero todavía las mujeres luchamos contra las marcas en el cuerpo y en la subjetividad que deja la violencia gineco obstétrica. Esta forma específica de violencia contra las mujeres se ejerce sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las personas gestantes: tratos deshumanizados, procedimientos prohibidos, cesáras innecesarias, imposibilidad de estar acompañadas durante el parto, medicalización de los procesos.

Miles de mujeres luchan cada día para que todos los partos sean respetados, para que el encuentro con nuestros hijos sea el mejor comienzo y no la puerta de entrada a la reproducción de las violencias. Sí importa cómo llegamos al mundo y más importa qué hacemos para cambiarlo.

  1. A veces las infancias nos rescatan

Puedo contar -como seguro muchas acá- más de un momento en el que esos ojos que me miran desde abajo – o ahora desde arriba porque mi niño ya es más alto que yo- se vuelven refugio ante la angustia, el enojo o la tristeza. 

La soledad a las que nos lleva el puerperio y la crianza puede afectar nuestra salud mental, desequilibrarse, llevarnos a situaciones límite. Hablar de los hijos e hijas, escucharlos, compartir con otras madres, saber que pasan por lo mismo, que hay un episodio de un podcast esperando por nosotras, es un tesoro. 

  1. Militar la conversación con los hijos

– Ma, ¿podemos charlar? ¿Me contás una historia? ¿Me hacés preguntas de mi día? 

Nos deseo que no perdamos nunca la posibilidad de conversar con nuestros hijos e hijas, de sorprendernos de la magia de sus ideas y preguntas. Es un valor inconmensurable en tiempos en los que para hacerse oír hay que gritar más fuerte. 

Dice Mariana Maggio en su libro Crianza poderosa: “Tenemos que militar la charla. Sostenerla en el tiempo, retomarla, volver a preguntar, recordar, llevarla más allá, conectarla con experiencias culturales ricas e incluso, cuando se pueda, registrarla para resaltarla y darle valor”.

  1. Que florezcan mil historias

Canina, 

Brujas, 

El nudo materno, 

Un trabajo para toda la vida,

A esta hora de la noche, 

Madre soltera, 

Apegos feroces, 

Noches azules, 

Entre tus siestas, 

Parir, 

No sé cómo volver, 

Años cortos, días eternos,

Fantasticland,

Línea nigra, 

Comadre.

Pareciera que abundan las narrativas sobre la maternidad. Que ya se están contando todas las historias. Que hay cientos de libros, películas, series, cuentas de redes sociales y hasta podcast. Pero todavía tenemos mucho para decir: ¿cómo son las familias monomarentales? ¿de qué se trata el cuidado de hijos e hijas con discapacidad? ¿Qué tiene para decir la literatura sobre la adopción o sobre tener un solo hijo? ¿Y sobre ser madre de adolescentes? ¿Y sobre las personas nacidas de tratamientos de fertilidad? ¿Y sobre las madres no gestantes?

Como dice la escritora mexicana Jazrmina Barrera: “Me encanta esta moda, y quiero que sea mucho más que una moda. Que seamos más. Muchas. Pienso en los diarios, las listas, las cartas, los herbarios, los libros de texto: todas esas formas de escritura a veces son, o pueden ser, literatura. Quiero que sobren los libros, que los haya buenos y malos. Quiero un canon, una tradición. Y también una ruptura, libros en contra del canon. Nuevos géneros literarios.”

Que florezcan mil historias. 

(Texto escrito para la distinción del podcast Comadre en la Legislatura porteña, marzo 2025)